no de los problemas más complejos y desafiantes de nuestra civilización globalizada, aun con los avances científicos y tecnológicos que concebimos como parte del “progreso”, es la desigualdad: sigue siendo un estigma, una herida sangrante que no hemos superado en diferentes aspectos de la existencia: económico, racial, religioso y con respecto al género y la discapacidad. En todos estos campos, la desigualdad golpea a sus víctimas y les roba dignidad humana y la libertad.
Hay un destino común que nos hermana como especie y nos compromete a hacernos responsables los unos de los otros
Una hipótesis posible para explicar este fenómeno sin pretender agotarlo ni reducir su complejidad es que la desigualdad, en sus distintos ámbitos, tiene un origen psicológico común: existe porque los seres humanos no nos percibimos como iguales. Iguales como humanos, iguales en valor y dignidad, vulnerables, signados por la finitud, necesitados unos de otros. Iguales en en dimensión antropológica: el origen y el destino común que nos hermana como especie y nos compromete a hacernos responsables unos de otros y cuidar nuestro planeta.
Si nos viéramos como iguales, no toleraríamos la desigualdad social. La consideraríamos una injusticia inconcebible y la justicia social no sería una lucha sino una consecuencia natural, una marca de la especie. Veríamos las diferencias como cualidades que nos distinguen, no como barreras que nos separan. El problema no son las diferencias en sí, sino el sesgo de superioridad e inferioridad que les otorgamos y cómo esto determina el deseo de acercarnos al otro o el miedo y el rechazo que nos llevan a alejarnos. Las diferencias existen, pero es nuestro ego y el temor lo que convierte cualquier diferencia en un muro insalvable. Y son nuestros juicios de valor los que hacen de ellas signos de superioridad o inferioridad.
En la lógica narcisista solo existen las categorías “yo o el otro”, “nosotros o ellos”. En ella se juega la confrontación, la división y la exclusión. Es una lógica dominada por la “o” de la oposición en la que no tiene lugar la “y” de la convivencia y el diálogo. La “y” resalta lo común y construye unidad. No soy yo o el otro, soy-con. Dialogar es poder dudar de las propias certezas.
El paradigma del ego y su lógica de superioridad dice: si soy blanco, soy “superior” que las personas de color. El que es cristiano, musulmán o judío y se cree “mejor” que otros creyentes en vez de un par en la búsqueda religiosa, pensará “mi Dios es el único Dios, mi verdad es La Verdad, las otras creencias son falsas y sus seguidores, infieles”. Por ser heterosexual puedo creer que pertenezco al conjunto mayoritario de los “normales” y ver como diferente/inferior a una persona gay o transgénero. La lógica narcisista es binaria y cruel, divide al mundo en buenos y malos, ganadores y perdedores, normales y anormales.
El mismo concepto de “inclusión” de personas de otros géneros o con una discapacidad es un síntoma de que establecemos juicios de valor y como consecuencia, discriminamos. Si necesitamos ser “inclusivos” es porque antes segregamos a los que ahora queremos incluir. Si nos consideráramos iguales, no necesitaríamos ser inclusivos.
El feminismo reivindica la igualdad y sus derechos luego de que las mujeres han sido víctimas de todas las denigraciones posibles: no tener alma, ser objetos sexuales, ser quemadas en la hoguera, apedreadas. La violencia de la dominación masculina todavía debe un mea culpa para sanar esa herida, quizá la más antigua y matriz de otras desigualdades. Esto refleja que los seres humanos no nos queremos ver como iguales, nos gusta sentirnos superiores, sacar pecho, mostrar los colmillos, hacer la guerra. Pero el deseo de conquista y dominación, junto a la ira necesaria para llevarla a cabo, son emociones y actitudes muy masculinas. Son hombres los que se disputan el poder en el mundo, tanto en el escenario político como en las grandes corporaciones, los que impulsan la carrera armamentista y los que podrían iniciar una tercera guerra mundial. ¿Podrán el feminismo, los movimientos ecologistas y las minorías equilibrar el péndulo de la historia y frenar la lucha entre Caín y Abel?
El concepto de “gente pobre”, al que estamos acostumbrados, es forma de discriminación sutil muy naturalizada. No existe la gente pobre como si fuera una condición que responde a algún tipo de “orden natural”. Existe gente empobrecida a lo largo de generaciones por la diferencia de oportunidades de “unos y otros” generada por nuestra concepción de la desigualdad como algo normal. El mérito propio requiere de una igualdad de oportunidades que los sistemas político-económicos muchas veces no promueven.
Tenemos la ilusión de estar progresando por los avances de la ciencia, las comunicaciones y la IA. Pero lo cierto es que este “progreso” no le llega al 40% de la población mundial, que no tiene siquiera agua potable. La desigualdad convive imperturbable, como una herida invisible, junto a la IA y sus espectaculares proezas.
El individualismo posmoderno, la aceleración de la innovación tecnológica y la necesidad cada vez mayor de estar “conectados” nos vuelven iguales, pero no en un sentido profundo sino de la peor de las formas: igualados en el consumo de objetos y marcas, alienados en la adicción a la tecnología y desdibujados en la propia identidad. Todos iguales, todos indiferentes. Cada uno en su mundo.
Vernos iguales y unidos como humanos, como especie, construye “nosotros”, sentido de pertenencia con otros a una comunidad. Vernos todos como zombies frente a las pantallas, atrapados en “redes”, no nos identifica, solo nos uniforma y masifica. No arma red, disuelve el tejido social.
¿Podremos como seres humanos evolucionar hacia una visión del otro como un igual o estamos condenados a las grietas, los discursos de odio, las luchas fratricidas y la eterna desigualdad? Tal parece ser el histórico y lento proceso humano de superación de la lógica narcisista de superioridad, con el afán de dominación y discriminación que la misma genera.
Psicólogo